Hay directores que cuando anuncian película nueva, la agenda mental ya sabe que hay que hacer hueco. Park Chan-wook es de esos para mí. El responsable de Oldboy, La doncella o Decision to Leave no falla casi nunca, y con No hay otra opción vuelve a las andadas: coge una novela negra occidental, la traslada a Corea del Sur y la convierte en algo que solo él sabe hacer. Si no la habéis visto, os lo recomiendo sin paños calientes. Y si la habéis visto, seguid leyendo, que hay mucho de qué hablar.
La película adapta The Ax (El hacha), la novela de Donald E. Westlake que ya llevó al cine Costa-Gavras en 2005 con Arcadia. Park lleva más de veinte años queriendo hacer esta historia, y se nota en cada plano que no ha sido un encargo de relleno entre proyecto y proyecto. Se estrenó en el Festival de Venecia, abrió el de Busán, ganó mejor dirección en Sitges y representó a Corea del Sur en los Oscar. Las credenciales están puestas. Ahora vamos al contenido.
Aviso antes de entrar: este no es un post para ir sin haberla visto. Voy a analizar escenas concretas de principio a fin, incluida la del clímax, así que si todavía no la habéis visto, guardaos esta pestaña y volved luego. Con esta película en concreto, resumirla sin destripar los detalles que la hacen grande sería hacerle un flaco favor.
Un hombre que lo tiene todo (y que va a perderlo)
La película arranca con una escena que ya avisa de por dónde van los tiros: una barbacoa familiar en el jardín, pétalos cayendo, dos perros retriever correteando, la mujer y los hijos alrededor. Familia idílica de manual. Y como siempre que el cine nos regala una estampa tan perfecta, uno ya sabe que va a durar más bien poco.
Man-su (Lee Byung-hun) lleva veinticinco años en la misma fábrica papelera, cuida su invernadero, adora a su mujer Mi-ri (Son Ye-jin) y a sus dos hijos. Es de esos personajes que empiezan la película pudiendo decir, sin ironía, «lo tengo todo». Y esa frase, en cualquier película de Park Chan-wook, funciona como una cuenta atrás.

Cuando el enemigo cambia de nacionalidad: la crítica al capitalismo importado
Aquí está uno de los puntos que más me ha gustado de la película, y que además está muy bien traído a la actualidad. El despido de Man-su no llega de la propia empresa coreana en la que ha trabajado toda su vida, sino de sus nuevos dueños estadounidenses, que aplican una reducción de plantilla fría y sin matices. Y por si el golpe fuera poco, le regalan un pescado como parte del finiquito. Insensibilidad corporativa hecha gesto simbólico.
No hace falta que la película lo explicite más: la crítica a los inversores extranjeros que compran empresas locales sin que les importe lo más mínimo el lugar ni la gente que lo sostiene está ahí, servida con la elegancia habitual de Park. No es un panfleto, pero el mensaje llega perfectamente.
Terapias de autoestima para desempleados: la puesta en escena de la humillación
Una de las cosas que más me ha llamado la atención es cómo retrata los grupos de apoyo para desempleados, con esas dinámicas de autoconfianza y merecimiento personal que rozan lo ridículo. Man-su repite frases que le han enseñado en esas sesiones —esa cantinela de «no hay otra opción» que da título a la película— como un mantra que se supone que debería ayudarle, y que en realidad es el primer síntoma de que algo se está resquebrajando por dentro.
Y es que todos los que rodean a Man-su están exactamente en su misma situación. Cada desempleado que aparece en la película podría ser él mismo en otra vida, o él mismo dentro de unos meses. La presión social surcoreana en torno al estatus laboral se palpa en cada escena de estas terapias colectivas, y a mí, viéndolo desde aquí, me ha hecho pensar en lo universal que es este tipo de humillación silenciosa cuando pierdes tu trabajo a media vida.
Lo que la familia no ve (o no quiere ver)
Mi-ri no abandona a su marido en ningún momento, y esa lealtad es de las cosas que más pesan en la película, sobre todo cuando el espectador sabe cosas que ella no sabe. Pero el coste familiar de todo lo que ocurre no recae solo en ella.

La hija pequeña de Man-su, Ri-one, tiene un trastorno del espectro autista y apenas se comunica con el mundo salvo a través del violonchelo. Es una de las capas más delicadas de la película: mientras el padre se convierte en otra cosa, ella sigue ahí, ajena y a la vez completamente afectada por lo que ocurre en casa. El hijo adolescente, Si-one, es sorprendido en pequeños hurtos, un detalle que empuja todavía más la sensación de que esta familia, por perfecta que pareciera al principio, ya venía con grietas antes de que el despido las hiciera visibles. Hay también una relación tensa con el pasado del propio Man-su y el recuerdo de su padre granjero, que aparece en una secuencia onírica en el invernadero cargada de simbolismo. Todo esto construye un trasfondo de trauma familiar que va mucho más allá del simple «hombre pierde trabajo, hombre se desquicia».
Ser contratado es una odisea (y todos compiten en la misma cola)
El giro de guion que pone en marcha la trama es tan simple como perverso: Man-su publica una falsa oferta de empleo con un perfil calcado al suyo, pidiendo que las solicitudes lleguen únicamente por correo postal. Así consigue, sin levantar sospechas, la lista completa de candidatos que compiten por el puesto que él querría tener. Y a partir de ahí, empieza a hacer match entre cada nombre de esa lista y una manera de quitarlo de en medio.
Lo interesante es que todos esos candidatos son, como el propio Man-su, gente desesperada en la misma cola. Nadie es un villano de manual. Son personas atrapadas en el mismo engranaje, y eso hace que la crítica social pese más que la propia trama de asesinatos.
Otoño, planos y una banda sonora que sabe cuándo callar
Visualmente, la película es un festín. La fotografía de Kim Woo-hyung se mueve entre planos secuencia que sostienen la tensión durante minutos enteros y ángulos deliberadamente incómodos que convierten momentos absurdos en algo casi cómico. Hay una querencia por el otoño como estación —esa luz melancólica, esos tonos apagados que a mí personalmente me encantan en cualquier película, no solo en esta— que encaja perfectamente con el tono agridulce de la historia.

La música, obra de Jo Yeong-wook —colaborador habitual de Park—, cumple exactamente la función que debe cumplir una buena banda sonora: acompaña sin robar protagonismo y sabe retirarse cuando el silencio pesa más que cualquier nota. Y de vez en cuando se permite meter algo de jazz en momentos muy puntuales, como contraste con el tono más severo del resto de la partitura. Pero si hay una elección musical que me parece perfecta es la de «Red Dragonfly» (고추잠자리), de Cho Yong-pil, un tema de 1981 que suena en la escena más comentada de la película y que os cuento con detalle un poco más abajo. La canción no es un simple acompañamiento: la letra se subtitula en pantalla porque forma parte de la propia trama de esa secuencia, no solo del ambiente.
La crisis de los hombres de mediana edad en Corea: cuando perder el empleo puede ser letal
Hay estudios que apuntan a que quedarse sin empleo en la mediana edad, sobre todo en sociedades con tanta presión de estatus como la surcoreana, puede ser un factor de riesgo real hacia comportamientos autodestructivos o directamente delictivos. No hay otra opción coge esa premisa y la lleva al extremo narrativo, pero el punto de partida —un hombre empeñado en recuperar exactamente el trabajo y el estatus que tenía, hasta el punto de dejar de lado a quienes le apoyan de verdad— tiene una base social muy real detrás.
Ese es, para mí, el verdadero motor de la película: no la sangre, sino la obsesión por no aceptar que el mundo en el que uno construyó su identidad ya no existe.
La escena que os va a quedar grabada: el guante de horno como silenciador
Vamos con la secuencia que más me ha marcado de toda la película, y con diferencia. A mitad de metraje, Man-su decide eliminar a Gu Beom-mo (Lee Sung-min), otro extrabajador de la fábrica papelera con el que comparte más de lo que le gustaría admitir: los dos tienen una afición que es también su pasión. Man-su tiene sus bonsáis y su invernadero. Beom-mo tiene su colección de vinilos.
Man-su entra en su casa de noche, pistola en mano, y aquí llega el detalle que no se me olvida: se ha puesto un guante de horno sobre la mano que sujeta el arma para amortiguar el sonido del disparo. Y no uno solo: varios guantes, unos encima de otros, cada vez más pequeños, en una imagen que es tan absurda como funcional. Para taparlo del todo, sube el volumen de la música al máximo. Y ahí suena «Red Dragonfly» de Cho Yong-pil, un temazo ochentero que convierte lo que debería ser un momento de máxima tensión en una de las escenas más divertidas que ha rodado Park Chan-wook en su carrera. Beom-mo se despierta, y con la música a todo volumen, los dos acaban gritándose para entenderse, discutiendo de forma casi cómica sobre si Beom-mo debería hacerle más caso a su mujer. Precisamente ella aparece sigilosamente por detrás para intentar dejar fuera de combate a Man-su mientras este, ajeno, sigue defendiéndola en la discusión.

El remate visual llega cuando Man-su, ya resuelto a disparar, se va quitando los guantes uno por uno, capa a capa, en un gesto de comedia física que corta por completo la tensión del momento. Y debajo de todo eso descubrimos que se ha atado el arma a la mano con cables de vinilo —los mismos que usa Beom-mo para su tocadiscos— para asegurarse de que, pase lo que pase, no la va a soltar. Es un detalle pequeño pero que lo dice todo sobre hasta dónde ha llegado la determinación de Man-su. Park Chan-wook consigue en un solo plano mezclar comedia absoluta con la gravedad de que un hombre está a punto de matar a otro, y esa mezcla es, para mí, la mejor tarjeta de presentación de todo lo que hace especial a esta película.
Otra de las secuencias que se queda grabada llega más adelante, cuando Man-su se deshace de uno de sus rivales con la misma minuciosidad casi artesanal que dedica a sus bonsáis: lo entierra en el jardín y planta un árbol encima, cerrando el círculo entre su afición y su nueva ocupación. Recuerda al mejor Fargo de los Coen: violencia tratada con una precisión doméstica que resulta más perturbadora que cualquier plano explícito.
El jardín como arma y como terapia
Este es de los detalles que más me han gustado de toda la película. El invernadero de Man-su, ese espacio que en la primera media hora es puro refugio y relax, se convierte poco a poco en el escenario de todo lo contrario: el lugar donde entierra sus errores, literal y metafóricamente. La jardinería pasa de ser su vía de escape a ser la herramienta con la que borra sus crímenes, y esa transformación —del cuidado de las plantas al cuidado del secreto— es de lo más inquietante que ofrece la película sin necesidad de levantar la voz.
Nadie sale como entró: el final que cambia a todos
Sin entrar en detalles del desenlace, sí puedo decir esto: las situaciones límite cambian a la gente, y No hay otra opción se toma muy en serio esa idea. Ningún personaje termina la película siendo quien era al principio. Ni siquiera los que sobreviven de forma más o menos «intacta». Ese es el verdadero triunfo del guion: convertir una premisa de thriller casi absurda en un estudio sobre cómo la desesperación reescribe a las personas desde dentro.

Veredicto: mejor verla dos veces (y en versión original)
No hay otra opción es una de esas películas que se merecen un segundo visionado. En la primera pasada os vais a quedar con el thriller, con el humor negro, con la sátira más evidente. En la segunda empezáis a ver todo lo que Park Chan-wook ha ido dejando caer sin que os dierais cuenta la primera vez: los gestos, los objetos, los planos que anticipan lo que viene. Es cine que premia la relectura, y no es habitual encontrar eso en un thriller que también sabe ser entretenido sin pedir perdón por ello.
Y ya sabéis lo que pienso del cine y las series asiáticas: vedla en versión original con subtítulos sí o sí. Lee Byung-hun construye a Man-su con una cantidad de matices en la voz y en el gesto que un doblaje, por bueno que sea, no puede replicar del todo. Merece la pena el esfuerzo de leer.
Si esta película os ha dejado con ganas de más cine y series coreanas, por La Guarida ya he pasado antes por ahí: tenéis mi análisis de Extracurricular, mi crítica de #Vivo y también hablé de Seoul Searching. Tres acercamientos muy distintos al cine y la televisión surcoreanos que, junto con esta, os pueden dar una buena panorámica de por qué llevo años sin cansarme de este país en pantalla.
Y hablando de Lee Byung-hun: si solo lo conocéis por su papel como el Líder enmascarado de El juego del calamar, esta película es la prueba de que el hombre tiene un rango muchísimo más amplio del que esa serie deja ver. Ahí interpretaba frialdad institucional casi sin mover un músculo de la cara; aquí construye a un tipo patético, torpe, desesperado y tremendamente humano, capaz de pasar de dar pena a dar miedo en el mismo plano. Si El juego del calamar os lo vendió como el villano perfecto, No hay otra opción os lo va a vender como uno de los mejores actores que tiene Corea del Sur ahora mismo, punto.
¿La habéis visto ya? ¿Os habéis quedado con el humor negro o con la crítica social de fondo? Y sobre todo: ¿creéis que Man-su tenía otra opción o el título va totalmente en serio? Contádmelo en los comentarios.
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