De Yellowstone a Tulsa y por qué quiero abrirme un rancho

Escribo esto con una taza de café en el jardín, mirando la montaña de fondo, así que soy plenamente consciente de la ironía de lo que voy a contar. Me he visto Landman entera. Me he visto Tulsa King entera. Y hace apenas unos días, por fin, le he dado al play a Yellowstone. Solo llevo los primeros episodios, pero ya noto el peligro venir: me conozco lo suficiente como para saber que en cuanto avance unas cuantas temporadas más voy a acabar buscando cómo pedir un préstamo al banco para comprarme un rancho de verdad. Y ese universo, además, es enorme: 1883, 1923, spin-offs por todos lados. Ya me cuesta con dos series y media, imagina con cinco.

Pero aunque solo esté empezando, el efecto ya está hecho. Porque hay un patrón clarísimo detrás de Yellowstone, 1883, 1923, Landman y hasta Tulsa King (la prima un poco más urbana de la familia, con Sylvester Stallone de gánster reconvertido a mafioso ganadero por accidente). Todas tiran del mismo hilo, y ese hilo es el que engancha, la hayas visto entera o solo estés empezando.

Y para colmo, justo cuando empiezo la serie madre, en SkyShowtime estrenan Rancho Dutton, el spin-off centrado en Beth y Rip. Entre esta, Netflix, Prime Video y demás, la lista de suscripciones que hay que ir pagando para no perderse nada empieza a parecer casi tan grande como el rancho de los Dutton. Ya sabéis que por aquí ya hablamos de trucos para no acabar arruinado entre tantas plataformas, y viendo cómo se multiplican los spin-offs, nunca viene mal repasarlos.

El universo Taylor Sheridan, more or less

Taylor Sheridan no ha creado un catálogo de series sueltas, ha montado un mundo. Yellowstone es el buque insignia: la familia Dutton defendiendo su rancho de Montana contra promotores inmobiliarios, tribus nativas con reclamaciones legítimas y sus propios demonios internos. 1883 y 1923 son las precuelas que explican de dónde viene esa tierra y ese apellido. Landman cambia el ganado por el petróleo de Texas, pero mantiene la misma esencia: hombres duros, paisajes brutales, decisiones morales en zona gris.

Tulsa King no sale de la misma cabeza creativa al cien por cien, pero comparte productor ejecutivo y, sobre todo, comparte ADN: un hombre fuera de su mundo natural, reconstruyéndose a base de tierra, ganado y códigos de honor que ya no existen en las ciudades. No es casualidad que SkyShowtime los coloque uno al lado del otro. Saben perfectamente lo que estamos pidiendo cuando terminamos uno y le damos al siguiente.

Y aquí va un dato curioso para los que no lo sepan: antes de crear todo esto, Sheridan era actor. Y no en cualquier serie, precisamente: se le pudo ver como el subjefe de policía David Hale en Hijos de la Anarquía, chocando constantemente con el club de moteros por su código moral inflexible. Su personaje no llegó muy lejos (se despidió de la serie de mala manera al principio de la tercera temporada), pero si lo piensas, ya apuntaba maneras: polis y forajidos con sus propias normas, moral en blanco y negro, pequeños pueblos con sus propias leyes no escritas. El germen de todo lo que vendría después ya estaba ahí.

El paisaje como personaje

Aquí está el primer gancho, y es puramente visual. Montana, Oklahoma, Texas: cielos que no caben en la pantalla, atardeceres que parecen postal y horizontes sin un edificio a la vista. En un momento en el que la mayoría vivimos pegados a una pantalla en un piso de sesenta metros, ver ese paisaje no es solo estética, es una promesa. La promesa de espacio, de silencio, de que existe un lugar donde el ruido de notificaciones no llega.

El paisaje no acompaña la historia, la protagoniza. Y nosotros, desde el sofá, empezamos a fantasear con lo que sería despertar sin alarma del móvil, con el único sonido siendo el ganado.

No es la primera vez que me pasa, además. Hace ya unos cuantos años, terminando Red Dead Redemption 2, me quedé con la misma sensación: ese Nuevo Austin ficticio, los campamentos junto al río, cabalgar sin prisa de un lado a otro del mapa. En su momento pensé seriamente en irme a vivir al campo. Ahora, con estas series, ese pensamiento ha vuelto con más fuerza todavía.

El antihéroe con código propio

Ninguno de estos personajes es «bueno» en el sentido clásico. John Dutton manda ejecutar gente sin juicio. Tommy Norris, en Landman, negocia con quien haga falta para mantener el pozo funcionando. Dwight Manfredi, en Tulsa King, viene directamente del crimen organizado. Y sin embargo, a todos les perdonamos todo.

¿Por qué? Porque tienen un código propio más fuerte que la ley formal. Protegen a los suyos, cumplen su palabra, no traicionan la tierra ni la familia. En un mundo real donde las reglas cambian según quién las escribe, ver a alguien con principios inquebrantables —aunque sean discutibles— resulta reconfortante. Es la fantasía de la coherencia total.

El sueño americano, versión 2.0

Estas series no venden el sueño americano de rascacielos y bolsa de Nueva York. Venden la versión anterior, la de la frontera: empezar de cero, construir algo con las manos, que tu palabra valga más que un contrato. Autosuficiencia, tierra propia, familia como núcleo innegociable.

Lo curioso es que ese sueño conecta igual en España, donde no tenemos ni remotamente esa cultura del rancho. Pero el fondo del mensaje es universal: la necesidad de sentir que controlas tu vida, tu tierra, tu tiempo. Da igual si el escenario es Montana o un pueblo de Teruel, el anhelo es el mismo.

Por qué triunfa precisamente ahora

No es casualidad que este boom neo-western llegue en plena fatiga digital. Llevamos años de trabajo híbrido, notificaciones constantes y ciudades cada vez más caras y más rápidas. El «ranch core» ya no es solo una estética de serie: botas camperas, sombreros, camisas de cuadros y hasta la compra de terrenos rurales están en auge real, no solo en pantalla. La ficción está poniendo nombre a algo que mucha gente ya sentía: las ganas de bajar el ritmo y volver a algo más tangible.

Yellowstone rancho

Y hay que decirlo: no se vivía un fenómeno así, con la gente hablando en el trabajo o en el grupo de WhatsApp del último capítulo de una serie de rancho, desde Pasión de Gavilanes. Aquello también iba de caballos, familia y tierra, aunque con telenovela venezolana de por medio en lugar de prestige TV americano. Parece que cada cierto tiempo necesitamos volver al mismo sitio: polvo, ganado y gente con principios muy claros.

Y ya que estamos confesando cosas raras en este post: siempre, siempre, he tenido la fantasía de grabar mi propia telenovela. Algo bucólico, a las afueras, con caballo, atardecer de fondo y algún drama familiar de por medio. Puede que este post sea lo más cerca que llegue nunca. O puede que no.

Así que sí, hablemos del rancho

Y aquí viene la parte que de verdad importa. Porque más allá de la broma del sombrero vaquero, lo que estas series remueven es algo muy real: las ganas de tener un proyecto propio, algo que sea completamente tuyo, con tus reglas y tu ritmo.

No hace falta comprar quinientas hectáreas en Montana. El «rancho» puede ser mil cosas: un pequeño negocio que llevas de forma paralela, una huerta, un proyecto creativo, un blog, una idea que llevas años posponiendo. Lo que estas series tienen de verdad inspirador no es el caballo ni el atardecer, es la idea de que se puede construir algo desde cero, con paciencia y con las manos, y que ese algo puede llegar a ser tuyo de verdad.

Así que la próxima vez que termines un capítulo y sientas ese impulso de buscar terrenos rústicos en Idealista, no lo ignores del todo. Igual no acabas con doscientas cabezas de ganado, pero quizá sí con el empujón que te faltaba para arrancar eso que llevas tiempo pensando. Al final, el verdadero «rancho» no es un lugar. Es cualquier proyecto que te atrevas a construir por tu cuenta.

Y sí, lo prometo: en cuanto termine Yellowstone (y de paso 1883, 1923 y lo que venga después), volveré por aquí a contarlo. Que ahora que ya he empezado, tengo para rato.

¿Y tú? ¿Qué rancho llevas años posponiendo?

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1 comentario en “De Yellowstone a Tulsa y por qué quiero abrirme un rancho”

  1. Pingback: Por qué se parecen tanto las series de Taylor Sheridan

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