Minions & Monsters: la carta de amor al cine que no esperaba de esta saga

No me lo esperaba. En serio. Fui a ver Minions & Monsters con las expectativas y salí del cine con una sonrisa. Es mi segunda película favorita de Minions. La primera sigue siendo insuperable, esa nostalgia no se toca, pero esta se cuela directa en mi top 3 de todo el universo Gru sin despeinarse.

Y lo digo siendo consciente de que voy a sonar exagerado. Pero es que Minions & Monsters no juega al mismo juego que sus predecesoras. Juega a otra cosa completamente distinta, y esa otra cosa me ha encantado.

Una oda al cine, no una peli de Minions más

Vamos a lo importante primero: esto no es una película de Minions al uso, y creo que eso puede chocar a bastante gente que entre esperando la fórmula de siempre. Minions & Monsters es, ante todo, una carta de amor al cine. A su nacimiento, a su historia, a sus trucos. Pierre Coffin lo ha dejado clarísimo en varias entrevistas: quería hacer una película que se sintiera distinta dentro de la saga, y para eso decidió llevar a los Minions al Hollywood de los años 20, justo en la transición del cine mudo al sonoro.

La declaración de intenciones llega desde el minuto uno. La secuencia de apertura retrocede por toda la historia de los logos de Universal Pictures hasta los diseños más antiguos del estudio, y el propio logo de Illumination se rediseña para parecerse a las viejas animaciones estilo Merrie Melodies. Después viene un montaje de los Minions metidos con calzador en algunas de las primeras películas de la historia: el caballo en movimiento de Eadweard Muybridge, el perro corriendo de 1887, los hermanos Lumière. Todo esto antes de que empiece siquiera la trama.

Y encima envuelven todo esto en un framing narrativo: la historia se cuenta como una visita guiada a un museo del cine, con Olivia (voz de Allison Janney) como guía. Un recurso que parece simple pero que termina teniendo su propia vuelta de tuerca al final, de la que hablo más abajo. Para quien vaya buscando la típica peli familiar sin más pretensiones, esto puede resultar raro. A mí me pareció una decisión valiente y, sobre todo, bien ejecutada.

Demasiadas referencias para (muy poco) niños

Aquí está el motivo por el que esta entrada existe. Minions & Monsters está tan cargada de guiños al cine clásico que en algunos tramos se siente más pensada para cinéfilos adultos que para el público infantil que, en teoría, es el objetivo principal de la franquicia. Y no hablo de dos o tres guiños sueltos. Hablo de una cantidad casi obscena de referencias, muchas de ellas imposibles de pillar si no tienes cierto bagaje cinematográfico.

Va una lista, y ni siquiera es completa:

  • El asalto y robo de un tren (1903), el primer gran western de la historia, recreado en la secuencia que lleva a los Minions hasta Hollywood.
  • Safety Last! (1923) de Harold Lloyd, con su hombre colgado del reloj de un edificio.
  • El General (1927) y Steamboat Bill, Jr. (1928), ambas de Buster Keaton, incluyendo el gag de la casa cayéndole encima a alguien que sale ileso.
  • Cantando bajo la lluvia (1952), presente en toda la subtrama del salto del cine mudo al sonoro, con un número musical inspirado directamente en el vestuario de Debbie Reynolds.
  • El halcón maltés (1941), con una escena noir donde un Minion se viste literalmente como Sam Spade y una actriz llamada Mary se dirige a él como «Humphrey».
  • Ciudadano Kane, parodiado con un Minion actor que solo puede decir «eh… caca» en lugar de «Rosebud» (agradezco enormemente que en la versión doblada hayan mantenido el espíritu del chiste).
  • Tiburón (1975), con música que homenajea directamente a John Williams cuando aparece un escualo durante la búsqueda de monstruos.
  • Ultimátum a la Tierra (1951), con Dort como parodia directa de Gort, el robot alienígena original.
  • Babylon (2022) de Damien Chazelle, la referencia más moderna y sorprendente de todas, presente en una fiesta de Hollywood con elefantes incluidos.
  • Guiños puntuales a Matrix, E.T. y carteles de películas inventadas que homenajean a El bueno, el feo y el malo o It Came from Outer Space.

Y luego está el cameo que más se ha comentado: George Lucas aparece prestando su propia voz a una estatua dentro del museo de la secuencia inicial, con un gag sobre que no le dejan tener un teléfono porque «solo lo usaría para pedir ayuda». También hay una estatua realista de Orson Welles vagando por el fondo de varios planos del museo, sin que la cámara la destaque nunca directamente. Este tipo de detalles son los que convierten una revisión en el cine en una experiencia distinta la segunda vez que la ves.

Es curioso, porque hace poco hablaba de otra sorpresa animada, K-Pop Demon Hunters, y en ambos casos el denominador común es el mismo: cuando un estudio deja de jugar sobre seguro, el resultado sorprende para bien.

Secundarios a la altura: del robot espacial a los hermanos productores

Otro de los grandes aciertos de la película es lo variado —y lo numeroso, diría yo— de su elenco de secundarios. Cada uno aporta algo distinto y ninguno se siente relleno, que ya es mucho decir en una película con este ritmo tan frenético.

Empezando por Frank y Elwood Bright, los hermanos productores del estudio de cine que se enamoran de los Minions nada más verlos en la primera cinta accidentada que protagonizan. Son ellos los que insisten en meter a los Minions en el resto de las producciones del estudio, casi sin que el director les dé permiso.

Precisamente ese director es Max, un cineasta europeo que empieza furioso porque los Minions le arruinan el rodaje de una escena de atraco a un tren, y que termina convirtiéndose en el único adulto de la sala que cree de verdad en el proyecto de James de hacer su propia película de monstruos. Waltz borda ese registro de pomposidad contenida que ya le conocemos de sobra, y funciona genial como contrapunto al caos amarillo.

Y luego está Dort, el robot espacial que uno de los grupos de Minions decide adoptar como su nuevo jefe malvado tras quedarse sin trabajo en el estudio. Dort asegura ser un robot con planes de esclavizar la Tierra, pero en la práctica se comporta de forma sorprendentemente humana —y homenajea directamente a Gort, el robot de Ultimátum a la Tierra—. Su subtrama, en la que se enamora de una sufragista llamada Debbie con la ayuda involuntaria de los Minions, es de lo más entrañable de la película, y le da un puntito de comedia romántica que no esperaba encontrar aquí.

Completan el reparto secundario Phillips y Howard, dos criaturas gigantes congeladas que Goomi libera durante la búsqueda de monstruos, y Olivia, la guía del museo que narra toda la historia. Ninguno sobra. Todos aportan.

Goomi: el malo más carismático de la saga

Si tengo que quedarme con un personaje de toda la película, es Goomi. Una pequeña criatura parecida a un Cthulhu de bolsillo.

Goomi es educado, atento, recuerda los nombres de todo el mundo y se muestra dulce y servicial mientras ayuda a James, Henry y Ed a buscar monstruos de verdad para su película. Ese es precisamente el truco: su nombre completo —revelado en un gag hacia la mitad del metraje— es Gary Orcam Oliver Magma Ichabod el Embaucador. El apellido siempre fue la pista, y a mí se me escapó a la primera. Un villano manipulador y encantador a partes iguales, de esos que consiguen que quieras darle la razón en cosas que no deberías darle, y que no funciona nada mal como contraste cómico frente al resto del reparto.

La búsqueda del jefazo: magos, dialectos y muertes accidentales

Uno de mis tramos favoritos es el arranque, antes incluso de que la trama llegue a Hollywood. Es la parte más clásica de la saga —Minions buscando a un nuevo villano al que servir, y matándolo por accidente en el proceso, como manda la tradición— pero está resuelta con un ritmo estupendo.

Antes de la aventura en el cine, la tribu sirve a un mago malvado y su hechizado dialecto, del que se ríen sin piedad mientras revuelven su castillo. El mago tiene un libro de hechizos que advierte expresamente que no toquen, y por supuesto James y Henry lo tocan: invocan sin querer un monstruo con forma de conejo gigante y ojos láser que destruye media fortaleza y convierte al pobre hechicero en polvo (mención especial a la forma de deshacer los hechizos con control + Z). Ese mismo libro es el que reaparece más adelante como la chispa que enciende todo el segundo acto de la película, así que conviene fijarse bien.

Antes de eso también hay una parada con un cíclope gigante al que James arruina la vida sin querer con una especie de escultura de piedra tipo Lego, en otro de esos gags que demuestran que el humor físico y estúpido de los Minions sigue funcionando exactamente igual de bien que siempre cuando está bien ejecutado.

Los giros de guion que no vi venir

Aviso de que esto entra en terreno de spoilers, así que si aún no la habéis visto, saltaos directamente al siguiente apartado.

El giro más gordo llega en el clímax: Goomi nunca fue de verdad el aliado bonachón que parecía. Toda su ayuda para encontrar monstruos era una tapadera para liberar a Eyereen, una masa gigante de color naranja cubierta de ojos que pretende destruir el planeta junto a Phillips y Howard. La traición no se ve venir hasta que Henry es secuestrado y usado como sacrificio en pleno rodaje, momento en el que el equipo de la película cree que todo forma parte del guion hasta que el monstruo empieza a arrasar Hollywood de verdad.

Pero el giro que más me ha gustado es el del final: la propia Olivia, la guía del museo que ha estado narrando toda la historia, revela que todo lo que hemos visto —incluida la propia visita guiada— es en realidad la película que James y Henry terminaron rodando. Un giro metanarrativo que redondea perfectamente el tema central de la cinta: que los Minions siempre fueron, en el fondo, criaturas de cine.

Y para cerrar, las escenas de mitad y final de créditos conectan directamente con el resto de la saga: los Minions de Gru (Kevin, Stuart, Bob y Agnes) se hacen con el libro de hechizos y lo usan para, entre otras cosas, explicar el origen de Kyle, el perro de Gru, y dejar al pobre Dr. Nefario atrapado en un bucle infinito. Cerrar así, con guiños directos a la saga principal, es un detalle bonito para quien lleve siguiendo esto desde el 2010.

Los Minions no necesitan actores de doblaje (ironía incluida)

Un pequeño apunte curioso antes de cerrar: como siempre, todos los Minions están doblados por la misma persona, Pierre Coffin, que además dirige y coescribe la película. Lleva haciéndolo desde Gru, mi villano favorito en 2010, cuando ni siquiera había guion para ellos y tuvo que improvisar el gibberish él mismo. Sigue negándose a pasarle el testigo a nadie más porque, según ha contado, cuando otros intentan imitar el «idioma» de los Minions el resultado nunca le termina de sonar bien.

Y lo mejor es que la propia película juega con esta idea dentro de su trama: cuando llega el cine sonoro, los Minions se quedan sin trabajo precisamente porque nadie entiende una palabra de lo que dicen. La ironía de una saga construida sobre un idioma inventado, dentro de una película que hace chiste de que ese idioma no vale para el cine sonoro, me pareció un detalle demasiado bueno como para no mencionarlo.

Veredicto: mi segunda Minions favorita, y no es poco

Minions & Monsters no es perfecta —Goomi, con todo lo carismático que resulta, se queda un poco corto como amenaza real hacia el final, y algún tramo del segundo acto se siente algo apresurado— pero es, con diferencia, la entrega más original y con más personalidad propia que ha dado esta franquicia desde la primera película. Se nota el cariño puesto en cada referencia, en cada guiño, en cada decisión de dirección. Y eso, en una saga que llevaba tiempo funcionando en piloto automático, se agradece muchísimo.

¿La habéis visto ya? ¿Cuántas referencias habéis pillado a la primera y cuántas se os han escapado como a mí con el apellido de Goomi? Contádmelo en los comentarios.

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