Llego tarde, lo sé. Pero en mi defensa diré que fui a ver El diablo viste de Prada 2 el día de su estreno, así que moralmente estoy a salvo. El problema es que entre verla y escribir esto ha pasado el tiempo suficiente como para que todo el mundo ya haya dado su opinión y yo llegue con la mía como el que aparece al final de una conversación de grupo para decir algo que ya se ha dicho dos veces je.
El caso es que El diablo viste de Prada de 2006 está en mi top 5 de películas favoritas. No como confesión vergonzosa, sino con orgullo total. Meryl Streep construyó uno de los personajes más perfectos de las últimas décadas con Miranda Priestly: una villana que no grita, no amenaza y no explica sus planes. Simplemente mira. Y eso da más miedo que cualquier monólogo de antagonista convencional. Con ese listón, la secuela tenía todas las papeletas para decepcionar.
La buena noticia es que no decepciona. La mala, que tampoco sorprende.
Lo mismo pero veinte años después, y eso no es un insulto
La premisa de la secuela es casi una copia de estructura de la primera: mundo de la moda, revista Runway, Miranda en el centro de todo, Andy intentando encontrar su sitio. Pero el contexto ha cambiado y ese cambio es, en realidad, el verdadero argumento de la película.
Las revistas de moda en papel están en extinción. La era digital ha llegado para quedarse y Runway lo acusa. Andy, que en la primera entrega dejó ese mundo para hacer periodismo «de verdad», ahora dirige su propia publicación de investigación… que también cierra por falta de ingresos publicitarios. Las dos antagonistas de siempre, Miranda y Emily (convertida en ejecutiva de Dior), acaban compitiendo por los mismos euros de publicidad en un mercado que se encoge. Eso es sátira honesta, y la película lo sabe aprovechar.
La ambientación recupera el Nueva York de lujo de la primera, aunque con un tono más adulto. Menos caos de redacción frenética, más salas de reuniones con arte contemporáneo en las paredes. El vestuario sigue siendo impresionante, aunque la responsable esta vez es Molly Rogers en lugar de Patricia Field. Diferente energía: más afilada, menos estridencia. Coherente con el paso del tiempo.
El villano verdadero: Benji Barnes
El elemento más interesante de la película, y del que menos se ha hablado, es el personaje Benji Barnes interpretado por Justin Theroux: un millonario tecnológico hortera, con dinero nuevo, modales importados y la seguridad de quien cree que puede comprar cualquier cosa, incluyendo el legado de una industria que no entiende. Es la encarnación perfecta del New Money chocando contra el Old Money.

No hace falta que la película lo diga explícitamente. Cualquier persona que haya seguido las noticias en los últimos años reconoce el arquetipo: el magnate tecnológico que llega a un sector consolidado, compra algo icónico y decide que él sabe mejor que nadie cómo gestionarlo. Bezos comprando medios, Musk comprando redes sociales. La referencia está ahí, sin nombres propios, y funciona precisamente porque no los necesita.
Su exmujer, Lucy Liu, mecenas de arte con clase real, es el contrapunto perfecto. Donde él tiene dinero sin contexto, ella tiene criterio. La dinámica entre ambos dice más sobre el estado de la industria cultural que cualquier diálogo explicativo.
El hijo del heredero y el fantasma de Succession
Hay otro personaje que me ha resultado curioso: el heredero de Runway, el hijo del dueño de toda la vida. Un personaje que llega con el título pero sin el peso, que no termina de entender el legado que tiene entre manos y que parece más interesado en el cargo que en lo que ese cargo representa.
Mientras lo veía en pantalla no podía dejar de pensar en Succession. En los Roy Jr., en esa dinámica de hijos que heredan imperios sin haber construido nada. No llega al nivel de profundidad de esa serie —sería absurdo pedirle eso a una película de dos horas— pero el paralelismo está ahí. Es un personaje que en la primera entrega no existía porque no hacía falta; ahora, en una historia sobre el declive de los medios en papel, tiene sentido narrativo. Quizás Succession se merece su propio análisis por aquí. Lo dejo anotado.
¿Película de moda o película de empresa? Ahí está la división
Hay algo que me parece importante decir porque creo que explica buena parte de las opiniones encontradas que está generando esta secuela: esta no es una película sobre moda. Es una película sobre empresa. Y esa diferencia importa más de lo que parece.
«Ese jersey no es solo azul. No es turquesa, ni es marino. Es cerúleo.»– Miranda
La primera era sobre el mundo de la moda como sistema de poder, como industria con sus propias leyes, su propio idioma y su propia forma de devorar a la gente. La ropa era el lenguaje, sí, pero también era el argumento. El famoso monólogo del cerúleo de Miranda explicando por qué ese jersey «de rebajas» tiene su origen en una decisión tomada en una sala de reuniones de París es, aún hoy, una de las mejores escenas de exposición que ha dado el cine de los 2000. La moda allí no era decorado: era el tema.
Aquí el tema es otro. La caída de los medios en papel, las fusiones empresariales, la publicidad digital, los inversores sin criterio que compran legados culturales como quien compra acciones. La moda sigue ahí —los modelazos desfilan, los looks impresionan— pero esta vez es el escaparate, no el contenido. Y eso a mucha gente le ha chocado.

La crítica está dividida exactamente por esa línea. Quienes ven la película como una comedia sobre el mundo del glamour salen con la sensación de que algo falta, de que la sátira ha perdido el filo. Y tienen razón en su lectura: la segunda es menos mordaz con la moda de lo que lo era la primera. Quienes la ven como un comentario sobre el estado actual de la industria cultural —los medios que desaparecen, el dinero nuevo que no respeta lo construido— encuentran más de lo que esperaban. También tienen razón.
Una crítica la llamó directamente «un infomercial de dos horas para marcas de lujo». Otra destacó que «la moda esta vez es el escenario donde se juega algo mucho más concreto». Dos lecturas opuestas de la misma película. Las dos son coherentes con lo que hay en pantalla.
Mi lectura es la segunda. Creo que esta película tiene más que decir sobre Bezos comprando el Washington Post que sobre Balenciaga. Y ese cambio de registro no es un defecto: es una decisión. Puede gustar más o menos, pero no es accidental.
Miranda sigue siendo Miranda, y eso es suficiente
Meryl Streep. Qué le vais a decir que no sepáis ya. Miranda Priestly es uno de esos personajes que podría sostenerse sola durante dos horas de metraje sin argumento y seguiría siendo fascinante. Esa forma de hablar en voz baja. Esa forma de ignorar lo que no le interesa. Esa capacidad de hacer que una simple mirada valga más que un monólogo de diez minutos.
Lo que me ha sorprendido esta vez es verla un poco más vulnerable, no mucho, lo justo para que el personaje evolucione sin traicionarse a sí mismo. Miranda cerca de la jubilación, Miranda que empieza a intuir que el mundo en el que ella era infalible está cambiando. No pierde ni un ápice de autoridad, pero hay algo nuevo en ella. Una conciencia del tiempo que en la primera película no existía porque no necesitaba existir.
La ví hace poco en Solo asesinatos en el edificio y su personaje allí también es un ejercicio de presencia contenida que se come todas las escenas. Hay actores que con la edad pierden fuerza. Streep es de los que la concentran.
Y ya que hablamos de Miranda, hay una anécdota del rodaje que dice mucho del peso del personaje. La escena de Meryl Streep en la Galería Vittorio Emanuele II de Milán fue la última que se rodó de toda la película. Como no podían cerrar la galería al público, el equipo tuvo que grabarla de madrugada. Hasta ahí, nada raro. Lo que tiene más mérito es que Andy no aparece en esa escena, o sea que Anne Hathaway no tenía ninguna obligación de estar allí. Y aun así pidió estar presente. A las tantas de la noche, en una galería vacía de Milán, para ver a Streep rodar su última escena. Hay cosas que no necesitan explicación.

El lado flojo: Nigel, la trama personal y las gemelas
No todo funciona igual de bien. Nigel, el personaje de Stanley Tucci, es el más flojo de los cuatro protagonistas históricos. No porque Tucci lo haga mal —es imposible que Tucci lo haga mal— sino porque el guion no sabe qué hacer con él. Está ahí, dice cosas ingeniosas, tiene algún momento de lucidez, pero en comparación con la primera película, donde era el mentor inesperado y el contrapunto humano de Miranda, aquí parece… cansado. Como si el personaje también hubiera envejecido sin evolucionar.
La trama personal de Andy también pierde fuerza. En la primera película, la tensión entre su vida profesional y su vida real tenía peso. Aquí esa misma tensión vuelve a aparecer pero sin la urgencia de entonces. Es como ver un partido de vuelta cuando el marcador del de ida ya lo hacía irrelevante. Me ha aburrido un poco, no voy a mentir.
Y luego están las gemelas. Las que en la primera película compartían el papel de «las dos asistentes» de Miranda. Aparecen en una fiesta, mayores, con presencia fugaz. Es un guiño que los fans de la primera disfrutarán, pero también tiene algo de melancólico ver el paso del tiempo en personajes que entonces eran casi decorativos. Curioso detalle que no hace falta buscarle más significado del que tiene.
Veredicto: película de domingo por la tarde con subtexto incluido
El diablo viste de Prada 2 es una secuela que no tenía que existir —la primera terminaba exactamente donde tenía que terminar— pero que resulta más agradable de lo esperado. No alcanza la perfección del original, ese equilibrio casi imposible entre comedia, drama y crítica social que la primera lograba sin esfuerzo aparente. Pero tampoco es la secuela fallida que muchos temían.

Tiene subtexto real sobre el declive de los medios en papel, sobre el choque entre el dinero nuevo y el legado cultural, sobre el peso de las instituciones cuando el mundo que las sostenía desaparece. Ese subtexto no siempre se desarrolla todo lo que podría, pero está ahí y se agradece.
Es, en el fondo, exactamente lo que su título promete: más de lo mismo, con todos los ingredientes que funcionaban, en un mundo que ha cambiado. Una película de tarde de domingo. De las buenas. De las que no te cambian la vida pero te la hacen más llevadera durante dos horas.
¿La habéis visto ya? ¿Os sigue pareciendo que Miranda es la mejor villana del cine moderno o el personaje del millonario tecnológico os ha robado el protagonismo? Dejadlo en los comentarios.
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