A veces el domingo por la noche te sientas a ver algo ligero antes de encarar el lunes, y te encuentras con una de esas películas que te dejan raro el resto de la velada. Eso es Atrapando a un Monstruo, la sorpresa que ha aterrizado esta semana en Prime Video y de la que nadie me había avisado. Así que aviso yo.

Vengo de verla sin haber leído una sola línea sobre ella, que es como más me gusta llegar a estas cosas. Y lo que me he encontrado es una rareza que no se parece a nada que haya visto últimamente. Vamos a desmenuzarla.
Dust Bunny vs. Atrapando a un Monstruo: el título que no tiene nada que ver
Empecemos por lo raro de verdad. La película se titula originalmente Dust Bunny, que en español viene a significar algo así como «bola de pelusa» o «conejo de polvo» —esas motas de polvo apelmazado que se acumulan debajo de los muebles—. Un título discreto, casi susurrado, que juega con la ambigüedad de si el monstruo bajo la cama es literal o metafórico. Y en España se ha decidido llamarla Atrapando a un Monstruo, un título que suena a familia disfuncional en Netflix o a serie documental de HBO Max; que no conserva ni una gota de esa ambigüedad original. Una pena, porque Dust Bunny es un título mucho más inteligente que lo que nos ha tocado por aquí.
Una estética que huele a Lemony Snicket y a Matilda
Lo primero que os va a golpear es la estética. Hay algo en la fotografía, en los decorados y en esa Nueva York ligeramente distorsionada que me ha recordado directamente a Una serie de catastróficas desdichas y a Matilda: ese punto de cuento infantil pasado por un filtro turbio, donde los colores son bonitos pero todo transmite que algo va mal. No soy el único que ha visto esas referencias, por cierto: la crítica especializada la ha comparado con Tim Burton, Wes Anderson, los hermanos Coen y Jean-Pierre Jeunet, todo agitado en la misma coctelera. Y no es casualidad. El guion nació originalmente como idea para un episodio de la serie antológica Amazing Stories, con la sombra de Steven Spielberg como productor detrás, y ese ADN de cuento de fantasía con un pie en la pesadilla se nota en cada plano.

Marketing infantil, contenido para adultos: la trampa del cartel
Y aquí viene el primer aviso serio: el cartel y el título engañan. Todo en el marketing de Atrapando a un Monstruo apunta a familia, niños, sesión de tarde con palomitas. Y no es eso, ni de lejos. Es una película para adultos con estética de cuento infantil, no un cuento infantil con un par de sustos. Hay violencia real, un tono adulto en las escenas del vecino sicario, y una crudeza de fondo que os va a descolocar si la ponéis pensando que es apta para toda la familia. La propia crítica española lo remarca: el título y el póster inducen a pensar que es para el «solaz exclusivo de menores», y luego resulta ser justo lo contrario.
Todo visto a través de los ojos de una niña
La gran baza narrativa de la película es que toda la historia se cuenta desde la perspectiva de Aurora, la niña protagonista. Eso significa que la lógica infantil —la que decide que no se puede pisar el suelo por la noche, la que convierte a un vecino silencioso en un aliado de fiar sin hacer preguntas— se impone sobre la lógica adulta durante buena parte del metraje. Es un recurso que funciona muy bien para sostener la ambigüedad de si el monstruo es real o una metáfora de un trauma mayor, y que os va a hacer dudar de lo que estáis viendo más de una vez.

Aurora: carismática, rara, y un poco inquietante
Sophie Sloan, la actriz que da vida a Aurora, se lleva la película sobre sus hombros de ocho años. Es carismática, sí, pero también tiene un puntito repelente y raro que no sé si es intencionado o simplemente efecto secundario de un personaje tan extremo. Porque Aurora da miedo. No es la niña dulce que necesita rescate; es fría, calculadora a ratos, y capaz de comportamientos que a un adulto le helarían la sangre. Hay una escena que resume esto perfectamente: la niña es capaz de dormir tranquila mientras a pocos metros están desmembrando a alguien. Ese contraste entre inocencia infantil aparente y una insensibilidad que roza lo perturbador es, para mí, el hallazgo más valiente de todo el guion —y también el más incómodo.
¿Por qué tantos conejos? Del peluche al dim sum
Y aquí llega uno de esos detalles que convierten una película rara en una película que merece un segundo visionado. Porque no, no os lo habéis imaginado: hay conejos por todas partes en este metraje, y ninguno está ahí por casualidad. El propio monstruo, de hecho, está diseñado como un híbrido —pelaje de ganado de las Tierras Altas, dientes de piraña, tamaño y boca de hipopótamo—, pero su silueta final es, sin lugar a dudas, la de un conejo gigante. Ese es el primer y más obvio guiño: la «bola de pelusa» del título original literalmente adopta forma de conejo.

Pero la cosa no se queda ahí. En la escena en la que Aurora sigue a su vecino hasta Chinatown y presencia lo que ella interpreta como una pelea contra un dragón, la niña observa todo desde una azotea llevando puesta una máscara de conejo que se ha encontrado en un cubo de basura. No es un accesorio decorativo: es la primera pista visual de que el monstruo bajo su cama y ella misma están conectados de una forma que la película tarda en explicar. Poco después, en una pared, aparece una mancha de sangre con silueta de conejo —de esas que si parpadeáis os la perdéis—. Y por si fuera poco, en la escena del restaurante de dim sum donde el vecino se encuentra con «el Hombre Discretamente Llamativo» (sí, ese es literalmente su nombre en los créditos), los dumplings que sirven en la mesa están moldeados con forma de conejitos blancos.
Sumadle que la trama transcurre durante las celebraciones del Año Nuevo chino, y varios análisis en profundidad de la película apuntan a que no es casualidad que todo esto ocurra en año del conejo. La lectura que se ha extendido entre la crítica más analítica es que Aurora no es simplemente una niña víctima de un monstruo: la película deja caer que es ella quien lo invoca a la existencia, lo que la convierte en algo más parecido a una criatura mágica que a una simple protagonista infantil. Motivo de más para entender por qué digo que esta película pide un segundo visionado con los ojos bien abiertos.
Familias de acogida y el verdadero monstruo humano
Aquí está la clave que le da sentido a todo lo anterior: Aurora ha pasado por varias familias de acogida, y el monstruo bajo la cama —sea lo que sea— se ha ido llevando a cada una de ellas por delante. La película juega sucio con esto: nunca sabéis del todo si estáis ante una criatura sobrenatural real o ante la forma que tiene una niña traumatizada de procesar pérdidas sucesivas. Y el giro final termina de rematar la idea con la que se queda uno al salir: los monstruos de verdad no tienen colmillos, tienen nombre y apellidos. Sin entrar en spoilers gordos, digamos que hay un personaje adulto, aparentemente de confianza, cuyas intenciones reales son bastante más aterradoras que cualquier criatura de fantasía. Es el tipo de mensaje que no es nuevo en el cine de terror, pero que aquí está bien planteado y mejor ejecutado.
El reencuentro Fuller-Mikkelsen: la sombra alargada de Hannibal
No es casualidad que todo esto tenga un regusto tan particular. Bryan Fuller, showrunner de la serie Hannibal, debuta aquí en el largometraje, y ha vuelto a llamar a Mads Mikkelsen para el papel del vecino enigmático. Si conocéis la serie, sabéis lo que Fuller es capaz de hacer con la estética macabra elegante, y aquí traslada esa misma sensibilidad visual a un registro distinto, mezclando fantasía y brutalidad con la misma naturalidad con la que en Hannibal convertía un plato de comida en una escena de terror. Se nota la mano del creador, y se nota que Mikkelsen y Fuller tienen una complicidad creativa que ya venía de antes. Sigourney Weaver completa el reparto con un papel que, sin destripar nada, es de los que más juego dan en el tercer acto.

Veredicto de Atrapando a un Monstruo: rara, incómoda y que merece la pena
Atrapando a un Monstruo no es una película fácil de recomendar sin matices, y creo que ahí está parte de su encanto. Dura poco más de hora y tres cuartos, y aun así deja la sensación de que hay más capas de las que se pillan en un primer visionado. Es de esas películas que sospecho que hay que ver más de una vez para terminar de entender del todo qué está contando y por qué elige contarlo así. No es perfecta, tiene tramos donde la lógica del guion cruje, pero es diferente, tiene personalidad propia y se atreve a incomodar cuando podría haber elegido el camino fácil.
Si os gusta el cine que no se deja encasillar, que mezcla registros que en teoría no deberían funcionar juntos, y que os deja con más preguntas que respuestas al terminar los créditos, dadle una oportunidad. Eso sí: dejad a los niños fuera de esta, a pesar de lo que diga el cartel.
¿La habéis visto ya? ¿Os ha parecido una genialidad rara o simplemente un despropósito con buena fotografía? Contádmelo en los comentarios.
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