Análisis de The Mandalorian & Grogu: ¿la película que Star Wars necesitaba?

Star Wars lleva siete años sin pisarla. La última vez que el logo de la galaxia muy, muy lejana apareció en pantalla grande fue con El ascenso de Skywalker en 2019, y lo que vino después ya lo sabéis: silencio en el cine, series en streaming y bastante debate interno sobre hacia dónde va la franquicia. Así que la pregunta que todos llevábamos al cine era legítima: ¿The Mandalorian & Grogu es el reset que necesitaba Star Wars o simplemente un episodio largo con mejor presupuesto?

La respuesta, como casi todo en esta película, está en un punto medio que satisface sin revolucionar.

Mi día de cine

El Imperio caído, pero no olvidado: señores de la guerra y nostalgia imperial

Uno de los elementos más interesantes que plantea la película es el escenario político post-Imperio. Los ex-imperiales dispersos por la galaxia son exactamente lo que deberían ser: no la amenaza organizada y tecnológicamente superior del Imperio en su apogeo, sino caudillos regionales que sobreviven a base de intimidar poblaciones locales sin apenas coordinación entre ellos. Mucha pose, poca infraestructura. Es una lectura coherente con lo que vimos en la serie y con la lógica histórica de cualquier colapso de poder: cuando cae el centro, los que quedan pelean entre sí por los restos.

Remanentes Imperiales

Lo que resulta curioso, y aquí viene la pregunta que me llevo de la sala, es por qué Disney sigue apostando tan fuerte por la estética imperial cuando la Primera Orden ya existe en el canon. Estos señores de la guerra trabajan con la nostalgia visual del Imperio clásico, con sus uniformes, sus walkers AT-AT y su iconografía reconocible, pero narrativamente deberían ser el puente hacia la Primera Orden. ¿Por qué no aparece ni un atisbo de esa organización? La teoría conspiranoica del día: quizás Disney está preparando el terreno para revisar o directamente ignorar la trilogía de secuelas. Que Disney se deshaga de todo ese capítulo no es tan descabellado si siguen construyendo hacia atrás con tanto mimo.

La Nueva República por fin se comporta como la Nueva República

En los tres años de serie, la Nueva República aparecía como un gobierno ineficiente, burocrático y algo incompetente. Aquí cambian el registro. La Coronel Ward, interpretada por Sigourney Weaver, lidera los Adelphi Rangers de la Nueva República, y su presencia transmite algo que echábamos en falta: una institución con pulso, con militares que saben lo que hacen y con el espíritu de quienes realmente creen en lo que están construyendo.

Sigourney Weaver como la Coronel Ward

Es el mismo espíritu que vimos en Andor, que tan bien supo retratar la dimensión humana de la Rebelión. Aquí esa energía llega ya a la República consolidada, y se agradece. El contraste con los señores de la guerra imperiales funciona precisamente porque la Nueva República, esta vez, da la sensación de ser algo real y no solo un decorado.

Los bajos fondos, los Hutt y la mejor tradición de Star Wars

Si hay un aspecto que la película aprovecha de verdad es el de los bajos fondos galácticos. Jeremy Allen White da voz a Rotta el Hutt, el hijo del icónico Jabba, y el entorno que rodea a los Hutt recupera esa atmósfera de Mos Eisley y Tatooine que tan bien funciona en la saga: un mundo de pactos sucios, criaturas variopintas y reglas propias donde la fuerza bruta y el dinero mandan por igual.

Star Wars siempre ha sido mejor cuando se adentra en esa dimensión criminal. El espacio entre héroes y villanos es donde viven los personajes más interesantes, y esta película lo entiende. El ring de pelea de los Hutt, en particular, es una de las secuencias más divertidas y visualmente ricas del metraje, aunque el CGI cojea un poco en ese entorno concreto. Un pequeño peaje en una película que por lo demás cuida mucho la factura técnica.

Los Anzellanos y los droides: los secundarios se comen la película

Hay que hablar de los Anzellanos. Esas criaturas mecánicas que ya vimos fugazmente en El ascenso de Skywalker aquí tienen un papel que va mucho más allá del cameo. Son los mejores secundarios de la función, con diferencia. Graciosos, eficientes y con una presencia en pantalla que descoloca en el buen sentido. Que estén realizados como animatrónicos, igual que Grogu, les da una textura y una calidez que el CGI simplemente no puede replicar.

Grogu y Anzellano

Y hablando de eso: volver a ver droides con peso en la trama es un detalle que los fans de la vieja guardia agradecerán. Los droides son parte del ADN de Star Wars, y aquí recuperan algo de su protagonismo.

Efectos visuales y música: muñecos, pantallas y una deuda pendiente con John Williams

La película fue rodada para IMAX, y se nota. Los planos abiertos son espectaculares, los escenarios tienen una escala que la pantalla del televisor no puede ofrecer y la dirección de fotografía de David Klein aprovecha cada metro de esa relación de aspecto.

Pero lo más llamativo, en positivo, es la apuesta por los efectos prácticos. Grogu es un muñeco animatrónico. Los Anzellanos son animatrónicos. La magia real está en esas criaturas físicas que comparten espacio con los actores. Solo el ring de pelea de los Hutt muestra un CGI algo tosco, el único momento en que se rompe la ilusión. Para el resto, la película se ve francamente bien.

La música de Ludwig Göransson cumple, aunque abusa del tema principal. Funciona, pero hay momentos en que echo en falta más atrevimiento en la partitura. Y sobre todo echo en falta los temas clásicos de John Williams. En una sala con Dolby Atmos o IMAX, escuchar la Marcha Imperial o el tema de la Fuerza a todo volumen es una experiencia que el cuerpo pide. Esa épica que te eriza la piel y te recuerda por qué Star Wars es Star Wars en el cine. Göransson es buen compositor, pero hay herencia que no se improvisa.

Mando y Grogu: la relación que sostiene todo

La relación entre Din Djarin y Grogu sigue siendo el corazón de la función. Y en esta película se nota la evolución: Grogu tiene más autonomía, más iniciativa y un uso de la Fuerza que ya no es solo instintivo. La curación, el control, la conexión con su entorno. Se nota que es de una especie con una relación con la Fuerza de siglos, por decirlo con suavidad.

The Mandalorian and Grogu
Din Djarin y Grogu

El momento tierno hacia el final entre los dos es genuinamente bonito, aunque la película se detiene en él un poco más de lo necesario. Es el único punto en que el ritmo flaquea de forma notable. Un par de minutos menos habrían sido suficientes para la misma carga emocional.

Lo que más ganas me ha dado es ver a Grogu con algo más de armamento en el futuro. Una granada está bien. Pero hay algo en la idea de este pequeño de grandes orejas con un arma de verdad que pide a gritos exploración. Que la fuerza te acompañe, chaval, pero un sable tampoco estaría de más.

El problema de fondo: ¿esto es una película o una temporada 4?

Todo el metraje huele, se siente y se saborea como un gran episodio de la serie de televisión original, pero potenciado por las ventajas obvias que ofrece la gran pantalla. Eso es exactamente lo que es. Y dependiendo de lo que busquéis, puede ser un elogio o una crítica. Si llegasteis al cine sin haber visto la serie, por cierto, tenéis deberes pendientes: aquí os dejé la guía de qué ver antes de The Mandalorian & Grogu para que no os perdáis nada.

La narrativa es el elemento menos satisfactorio, ya que cuenta una aventura entretenida pero extremadamente sencilla y carente de ambición temática. No hay un arco dramático que justifique el formato cinematográfico más allá de la escala visual. Esto no tiene el peso de Rogue One ni la ambición de una historia que cierre algo importante. Es una puerta abierta, no un final.

La relación entre Din Djarin y Grogu vuelve a sostener prácticamente toda la película. Cuando esa relación no está en primer plano, la película pierde fuelle. El villano principal cumple su función pero no deja huella. Los cameos —que los hay, y buenos— funcionan más como guiños para fans que como elementos narrativos con peso real.

Veredicto: entretenimiento honesto en un momento que lo necesitaba

The Mandalorian & Grogu no es la película que salva Star Wars ni la que hunde la franquicia. Es algo más modesto y, en el fondo, más honesto: una producción de entretenimiento bien ejecutada, con personajes que funcionan, efectos prácticos que enamoran y un ritmo que se sostiene durante sus dos horas largas.

No pretende convertirse en una obra maestra imperecedera del séptimo arte, pero tampoco se sitúa en el cajón de las malas producciones. Se mueve con total comodidad en ese terreno intermedio tan necesario y a veces olvidado por la industria actual: el de esas películas que son, sencillamente, muy entretenidas y disfrutables de principio a fin.

Grogu comiendo

Y al final, que conste, eso tiene valor. No todo tiene que ser una obra que te cambie la vida. A veces lo que necesitas es exactamente esto: una película reconfortante, con personajes que ya quieres de antes, que te tiene a gusto en la butaca durante un par de horas completamente ajeno al mundo exterior. Salís del cine con una sonrisa, sin resaca emocional y con ganas de más. En el momento en que vivimos, eso no es poco.

El regreso de Star Wars a la pantalla grande tras siete años de ausencia era necesario, y este es un primer paso razonable. Ojalá el siguiente tenga más ambición narrativa. Mientras tanto, los Anzellanos merecen su propia serie. No es negociable.

¿La habéis visto ya? ¿Os han conquistado los Anzellanos o sois del equipo «necesitaba más arco dramático»? Dejadlo en los comentarios.

1 comentario en “Análisis de The Mandalorian & Grogu: ¿la película que Star Wars necesitaba?”

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